Anales de Literatura Española Nº 3,
1984
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La balada de los buenos burgueses de Pío Baroja. (Textos
olvidados en torno a una polémica)
Gloria Rey Faraldos
INB Eijo y Garay, Madrid
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| Pio Baroja |
Cuando Pío Baroja publicó en 1919 su libro La caverna del
humorismo637, envió algunos fragmentos a diversos periódicos y revistas638. El
semanario La Internacional, de ideología socialista, dirigido en aquellas
fechas por Antonio Fabra Ribas, recibió el capítulo «La balada de los buenos
burgueses», perteneciente a la obra mencionada. No se publicó en su momento,
sino que apareció en las páginas de la revista, sin mencionar su procedencia,
unos ocho meses más tarde, cuando Fabra Ribas había pasado a dirigir El
Socialista y se había hecho cargo de la dirección de La Internacional Manuel
Núñez de Arenas.
El capítulo en cuestión era una fuerte diatriba antiburguesa
(es posible que Núñez de Arenas estuviese en lo cierto al afirmar que había
sido elegido por Baroja para La Internacional por esa
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razón) con referencias poco reverentes a la religión y a la
monarquía:
Nuestro país es una balsa de aceite. Nuestra Santa Madre
Iglesia tiene días de gloria; las peregrinaciones abundan; los robustos frailes
y los amenos jesuitas brotan como la hierba; Su Majestad el Rey muestra su
belfo austriaco en las carreras y en las regatas, más que en las bibliotecas y
laboratorios. [...].
¡Viva el lujo! ¡Viva la alegría! Gozad, gozad, buenos
burgueses; todavía no viene el bolcheviquismo.
No vendrá, no, porque vosotros sois españoles, y con esto
está dicho todo; vosotros tenéis la fe que salva y el Santo Cristo de Limpias,
que mueve los ojos y bailará el tango argentino si le conviene a los curas639.
Como responsable de la publicación de un texto que contenía
injurias al Rey y a la religión fue procesado Manuel Núñez de Arenas. Ya en
1916, desde la revista España, Álvaro de Albornoz había denunciado lo absurdo y
anacrónico de una ley según la cual «Es delito la reproducción de los escritos
punibles aunque no hayan sido perseguidos. De este modo, el hecho de trasladar
a un periódico una página de cualquier libro de esos que andan por todas las
bibliotecas populares puede costar al autor de la reproducción unos cuantos
años de prisión»640. La realidad era que en 1920, aunque aplicada de forma más
suave, seguía vigente, como lo demuestra el proceso del que nos ocupamos.
La impunidad de Baroja y el procesamiento de Núñez de Arenas
provocaron los airados e irónicos comentarios de la revista España, que con un
artículo sin firma titulado «Un sacrificio del Sr. Baroja»641 encendió el fuego
de la polémica. Desde las páginas de España se acusaba a Baroja de haber
cargado toda la responsabilidad en Núñez de Arenas, al haber declarado que el
texto que apareció en La Internacional no era un artículo sino un fragmento de
un libro publicado, y que no había enviado nada
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recientemente al semanario socialista. En el citado artículo
de la revista España se ofrecía una irónica versión de los hechos:
La declaración del Sr. Baroja ha sido seguramente impuesta
por el juez y por el Sr. Núñez de Arenas. El Sr. Baroja querría, como es
natural, asumir toda la responsabilidad del trabajo y, si fuera preciso, ir al
destierro, a la cárcel y aun a la horca. Pero el juez es quizá un admirador del
Sr. Baroja, como lo es el Sr. Núñez de Arenas, y ambos de concierto han querido
evitar a su admirado escritor un disgusto. Él, a seguir escribiendo libros
admirables; el señor Núñez de Arenas, hombre bondadoso y que no tiene gran cosa
que perder, a servir de testaferro forzoso y honorario. Con admiradores así, el
Sr. Baroja no ha tenido más remedio que sacrificarse y consentir que procesen
al Sr. Arenas.
No cabe duda de que con sus ataques a los socialistas, sus
reiteradas manifestaciones de individualismo a ultranza, su postura germanófila
durante la Primera Guerra Mundial, Baroja se había creado fama de escritor
burgués642; esto le produjo alguna antipatía en círculos socialistas y en
concreto, como demostró en alguna ocasión con sus críticas, en Luis
Araquistáin, director de España, con quien había coincidido, al igual que con
Núñez de Arenas, en la redacción de dicha revista643.
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Pío Baroja, alejado por aquellos años de las colaboraciones
periodísticas, utilizó sin embargo la prensa para puntualizar su postura ante
los comentarios suscitados por el proceso al director de La Internacional. La
carta que a continuación transcribimos apareció el 20 de agosto de 1920 en El
Sol y en El Imparcial, y el día siguiente en el ABC.
Hace un mes aproximadamente el semanario socialista de Madrid
La Internacional transcribió de un libro mío titulado La caverna del humorismo
un capítulo que lleva por nombre «La balada de los buenos burgueses». El fiscal
encontró injurias al Rey en este capítulo y lo denunció. Yo me enteré de la
denuncia estando en Vera de Bidasoa, por una carta del Sr. Núñez de Arenas y
por un número que me enviaron de este semanario, en el cual se decía que yo
estaba procesado. En el artículo de La Internacional en que se comentaba la
denuncia se insistía en que, a la aparición de mi libro La caverna del
humorismo, yo había enviado este capítulo, «La balada de los buenos burgueses»,
al periódico, y se añadía que allí, en las cajas de la imprenta, se había
perdido. Poco después llegó un exhorto a Vera de Bidasoa. El juez me llamó y me
tomó declaración. Yo dije lo que es cierto: que soy el autor del libro titulado
La caverna del humorismo, uno de cuyos capítulos se titula «La balada de los
buenos burgueses».
No negué ni niego que yo haya enviado al salir mi libro, en
otoño de 1919, varios capítulos de él a distintos periódicos, y entre ellos ese
titulado «La balada de los buenos burgueses» a La Internacional.
El Sr. Núñez de Arenas, que era ya entonces director de este
semanario socialista, quiso publicar el capítulo ahora denunciado, y solicitó
de mi editor, Caro Raggio, que le diera un retrato mío para estamparlo con el
fragmento que habría de reproducir La Internacional. Este fragmento, según el
mismo semanario, se perdió en las cajas. Desde esa época yo no había enviado
ningún artículo al citado periódico.
Afirmé esto en mi declaración porque en la nota de La
Internacional acerca del proceso se insistía con cierta ansia, demostrando no
precisamente el heroísmo del Cid, en que yo había mandado, al aparecer el
libro, ese capítulo al semanario socialista.
Si el periódico no hubiese dicho esto, que es cierto, yo no
hubiese afirmado, como afirmé, que desde entonces no había enviado ningún
artículo a La Internacional, lo que también es cierto.
Hoy, en el número 44 de La Internacional, del 20 de agosto,
en un suelto titulado «Un proceso contra el Rey» se dice: «Nuestro director,
Manuel Núñez de Arenas, ha sido procesado por el ‘artículo’
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de Pío Baroja, titulado ‘La balada de los buenos burgueses’».
No. Esto es falso. No hay tal artículo, señores de La
Internacional. Se trata de un trozo de un libro mío que yo ofrecí a La
Internacional, por cierto, porque me lo pidieron hace siete u ocho meses,
cuando apareció el libro; pero que después ni he vuelto yo a enviar ese trozo
ni a manifestar el menor deseo de que se publique.
Bien que se tenga miedo a que lo enchiqueren a uno; es éste
un sentimiento lógico y natural en el socialista como en el individualista. Lo
que no se debe hacer para defenderse es mentir ni falsear la verdad. Bien está
el temor, y yo participo muchas veces de él; pero no hay que exagerarlo. Yo, a
pesar de que no tengo ningún deseo de veranear ni de invernar en el bello hotel
de los alrededores de la Moncloa, he dicho la verdad, como estoy dispuesto a
decirla siempre. Esta verdad, con relación a este asunto, se reduce a lo
siguiente: Primero. Que soy el autor del libro titulado La caverna del
humorismo. Segundo. Que mandé el año pasado el trozo «La balada de los buenos
burgueses» a La Internacional, en donde, según este semanario, se perdió en las
cajas. Y tercero. Que desde entonces yo no he enviado ningún artículo a este
semanario socialista.
Respecto a que la ley de imprenta sea más o menos lógica, que
procese al que reproduzca un trozo de un libro y no al autor de este mismo
libro, yo no tengo la culpa de ello, porque no he sido quien la ha elaborado.
Esto no es obstáculo para que esté dispuesto a afrontar las
responsabilidades como autor de La caverna del humorismo.
Viviendo en la frontera, fácil hubiera sido, de quererlo, ir
a pasar una temporada al otro lado del Bidasoa. Sin embargo no lo he hecho, y
he venido a Madrid a cooperar en la solución del proceso a pie firme.
Pío Baroja
Madrid, 20 de agosto de 1920.
La carta de Baroja suscitó la respuesta de Manuel Núñez de
Arenas, publicada en El Sol (21 de agosto de 1920) y en ABC (22 de agosto de
1920). Los textos enviados por el director de La Internacional a uno y otro
periódico diferían en algunos matices pero básicamente expresaban las mismas
ideas.
Señalaba Núñez de Arenas el alarmismo de Baroja ante un
suceso al que él, el procesado, no había dado excesiva importancia, «hasta el
punto de que, dirigiendo yo La Internacional y conociendo mi procesamiento hace
unos quince días, se me olvidó dar la noticia del suceso en el número de la
semana pasada».
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Apuntaba una inexactitud en la carta de Baroja; no era él,
sino Fabra Ribas, el director de La Internacional cuando se recibió el texto de
La caverna del humorismo, «libro en que el novelista Sr. Baroja pretendía la
plaza de filósofo, ¡oh perniciosa emulación de Ortega!»644. Según Núñez de
Arenas, Fabra Ribas «a pesar de mis buenos oficios no lo quiso publicar» y la
explicación enviada a Baroja sobre la «pérdida» del texto sólo había tenido
como razón la cortesía. Núñez de Arenas daba en su escrito la siguiente versión
del proceso:
Ante la denuncia el Sr. Baroja se alarma, se inquieta,
moviliza a su familia, a sus dependientes; me preguntan si debe emigrar, qué
precauciones ha de tomar. Al tiempo escribe a un gran amigo de Madrid para que
procure arreglarle el asunto.
Yo le respondo que no pasará nada, que sólo la casa editorial
de su familia y él mismo ganarán con el reclamo que se está haciendo a La
caverna, obra que fue poco apreciada por las personas habituadas a leer. Es
decir, que iba a dar salida a unos volúmenes en almacén.
Pero, no satisfecho, viene a Madrid. Se entrevista con el
juez y le envuelve en razones.
Me llaman a las Salesas y me comunican mi procesamiento,
basado en el siguiente razonamiento del juez: lo que se persigue es el hecho de
que se haya publicado en La Internacional el trabajo del señor Baroja. Ahora
bien; la voluntad de publicar allí, ¿de quién es, del autor o del director?
Preguntan al autor sobre el envío de un trabajo a La Internacional; contestó
que ACTUALMENTE no había mandado nada, callándose que lo había mandado siete
meses antes. De ello deduce el juez que si ahora no ha mandado nada y ahora se
publica el trabajo, el trabajo no está mandado por él. Y me procesa a mí.
Yo comprendí en seguida el razonamiento del juez y la
situación de ánimo del señor Baroja al declarar como lo hizo; y como yo, sin
ser el Cid, sé comprender las debilidades ajenas y afrontar molestias e
incomodidades, declaré que me conformaba con la decisión del juez y con la
declaración del Sr. Baroja.
¿Se podía dar mayor prueba de amistad y mayor delicadeza?
Pues aún ha habido más. No le dije una palabra del caso al señor Baroja.
Comenté con mis amigos lo absurdo del punto de partida del razonamiento del
juez, castigando la reproducción de un trozo de libro no perseguido. Pero extremé
la corrección con el Sr. Baroja hasta el
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punto de que, al dar la noticia en La Internacional de mi
procesamiento, sólo copiaba al pie de la letra la exposición del juez y no
comentaba. Cierto que al trabajo del Sr. Baroja se le llamaba artículo; pero en
una gacetilla eso no tiene importancia.
Y después de esa conducta mía, el Sr. Baroja publica la carta
conocida645.
En la carta enviada a ABC (en la de El Sol no se hace
referencia al tema) Núñez de Arenas acusa a Baroja de oportunista, por la
elección del capítulo para La Internacional:
En este libro sólo había un capítulo ameno, el que se ocupaba
del Rey y escarnecía al Cristo de Limpias. Siguiendo la costumbre, envió
algunas galeradas de su libro a los periódicos para que le sirviesen de
anuncio, y a La Internacional, teniendo en cuenta que era un semanario
socialista, mandó el capítulo ese divertido, claro que con el fin de que los
lectores obreros creyeran que todo el volumen del Sr. Baroja era de la misma
índole, es decir lleno de donosuras respecto al Rey y a la religión.
Por otra parte, en El Sol Núñez de Arenas señalaba que Baroja
se había mostrado conforme con el desarrollo de los hechos, y no hubiese
escrito la carta en la que intentaba justificar su postura si no hubiera sido
provocado, desde España, por un «espíritu maligno» que le había afeado su
conducta.
Baroja volvió a utilizar las columnas de El Sol (21 de agosto
de 1920), ABC y El Imparcial (22 de agosto de 1920) para replicar a Manuel
Núñez de Arenas, con el siguiente texto en el que Baroja daba por finalizada la
polémica:
Al decir Para terminar no quiero indicar que este asunto no
siga, sino que yo no pienso insistir en él, porque creo que para el lector a
quien le interese queda ya aclarado.
El Sr. Núñez de Arenas ha publicado un artículo contestando
al mío, y de sus explicaciones se ve que lo que he dicho yo acerca de este
proceso de imprenta por injurias al Rey es cierto. Lo que asegura Núñez de
Arenas es casi lo mismo que lo indicado por mí con ligeras variantes y algún
que otro arabesco de polémica periodística para entretenimiento de la galería.
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Indicaré las variantes. El Sr. Núñez de Arenas dice que yo
envié unos grabados al periódico La Internacional al aparecer La caverna del
humorismo, lo que no es cierto. No sé qué grabados puedan ser éstos. Yo digo
que él estuvo en la librería de mi editor, Caro Raggio, en donde el encargado
de ella, D. Benedicto Pérez, le entregó una fotografía mía que el Sr. Núñez de
Arenas había pedido.
Él asegura que yo le envié unas galeradas; yo digo que le
envié un trozo de mi libro con esta nota (De la caverna del humorismo), como a
los demás periódicos. Si yo quería hacer propaganda de mi libro, ¿cómo iba a
omitir el nombre de éste?
A la costumbre de enviar trozos de una obra a los periódicos
el Sr. Núñez de Arenas llama hacer reclamo, palabra que acepto sin ningún
reparo. Este sistema de enviar capítulos de un libro a su aparición empleamos
los autores porque no tenemos medios de anunciar en grande y porque, además,
hoy los asuntos internacionales apenas dejan sitio para la crítica literaria en
los diarios. Por otra parte, yo creo que he empleado este procedimiento con
bastante discreción. No se puede decir de mí que haya abusado de este sistema
ni de publicar retratos míos en los periódicos.
El Sr. Núñez de Arenas dice que en esta cuestión que nos
divide no hay ninguna posibilidad de drama; pero si es así, ¿por qué ponerse
tan pronto el parche?
Había en este proceso algo como una carga que caía sobre los
hombros del Sr. Núñez de Arenas y sobre los míos; él, sabiendo según dice que
no tenía importancia, esquivó el hombro al no expresar que lo que publicaba en
su periódico era un trozo de un libro mío; yo, en vista de esto, lo esquivé
también, afirmando que el capítulo denunciado era de un libro mío publicado
hacía meses.
En el exhorto del Juzgado dirigido a mí no había más
alternativa que afirmar que yo era autor de un artículo suelto denunciado como
tal artículo o declarar lo que declaré: que era autor de un libro del que se
había reproducido un trozo suprimiendo la procedencia.
Si el Sr. Núñez de Arenas me hubiera propuesto una solución
en que las responsabilidades de este asunto (sean o no de importancia) se
hubieran repartido entre él y yo, yo hubiera aceptado la solución con gusto;
pero él tendió a desentenderse de la cuestión, considerando el proceso como una
broma, naturalmente mientras se refería a mí. Yo seguí su ejemplo e hice lo
mismo.
Ahora, para entretenimiento y solaz del público, un
comentario a los arabescos del Sr, Núñez de Arenas. Este dice que no contó la
razón de no aparecer a su debido tiempo el trozo de mi libro en La
Internacional por no molestarme a mí. ¿A mí por qué me va a molestar esto? Que
Fabra Ribas, que parece que era el director de La Internacional,
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tuviera mala opinión de mí o dijera, por ejemplo, que yo soy
un reaccionario, un tonto o un germanófilo, no es cosa que me vaya a quitar el
sueño. Esto me tiene sin cuidado, tan sin cuidado como las insinuaciones del
espíritu maligno de España. ¡Espíritu maligno! ¡Qué risa!
Respecto de que yo sintiera al escribir La caverna del
humorismo deseo de hacer una obra filosófica por influencia de Ortega Gasset,
¿qué tiene de particular? Mientras frecuenté la revista España influyó en mí el
hombre que más valía en la Redacción: Ortega Gasset. Esto no es más que una
prueba de buen sentido y de buen gusto.
En resumen, yo he hablado en serio, y hasta si se quiere en
tono dramático, en este asunto, porque creía que el Sr. Núñez de Arenas se
consideraba en peligro de sufrir dificultades y molestias en este proceso.
Él dice en su artículo que no hay tal cosa. ¿No hay tales
peligros? ¿No hay tales dificultades? ¿No hay tales molestias? Pues mejor que
mejor. Yo, encantado. Yo me voy mañana mismo al pueblo a cultivar en la huerta
mis coles y mis espárragos y a no ocuparme para nada de esto. El Sr. Núñez de
Arenas seguirá, al parecer, en su periódico tranquilamente. Yo lo único que
haré es no enviar más trozos de mis libros a gente que no conozca bien. Al Sr.
Núñez de Arenas quizá en vista de sus servicios a la causa le hagan diputado,
de lo cual yo me alegraré, porque le tengo por hombre culto e inteligente.
Cierto que sospecho que él, como yo, no es de la madera de los héroes, aunque
ninguno de los dos hemos llegado todavía, como ciertos espíritus malignos, a
correr por la azotea y a escondernos en las tinajas.
Pío Baroja
Madrid, 21 de agosto de 1920.
Dos cartas más en torno al asunto aparecieron, con la misma
fecha y en la misma página, en El Sol: una de Núñez de Arenas, «Las elecciones
de Fraga», y la otra de Antonio Fabra Ribas, «Al margen de una polémica»646.
El director de La Internacional resumía en su carta la
versión de los hechos que ya conocemos y aclaraba que la palabra «grabado» a la
que alude Baroja, aparecida en el texto enviado a El Sol, era evidentemente una
errata, ya que la palabra empleada había sido «galerada». Por otra parte,
molesto por las alusiones a sus posibles intereses políticos, le recuerda a
Baroja su frustrado intento de ser nombrado candidato a diputado:
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Y seguidamente el Sr. Baroja me asegura que yo seré diputado.
No lo creo y no lo deseo, pero aunque lo deseara puede el Sr. Baroja estar
seguro de que jamás me esperarán los éxitos grotescos que él obtuvo cuando
partió a conquistar un acta y, como decía Bagaría, el título de hijo adoptivo
de Fraga.
Una relación de esta aventura política nos la da el propio
Baroja en su libro publicado en 1918 Las horas solitarias (Notas de un aprendiz
de psicólogo), donde cuenta que la idea surgió en la revista España y
precisamente de Núñez de Arenas647.
La carta de Antonio Fabra Ribas era una réplica a las
alusiones de Núñez de Arenas sobre su negativa a publicar en La Internacional
el texto enviado por Baroja, y expresaba respeto por el novelista:
Lejos de tener «mala opinión» del autor de Paradox, rey o de
decir «que es un reaccionario, un tonto o un germanófilo», he sentido siempre
un gran respeto hacia su persona y una sincera admiración por su fecunda labor
de literato.
Me propuse que La Internacional se ocupara del importantísimo
libro La caverna del humorismo. Cuando Núñez de Arenas -que era entonces
secretario de dicha revista- me entregó el trozo del libro al que se refiere
Pío Baroja en su carta, quise publicarlo en seguida. Desistí de ello al ver que
en varios diarios, entre ellos El Sol, habían aparecido diversos trozos de la
obra en cuestión y que, por consiguiente, no podía constituir ya una verdadera
novedad para nuestros lectores, pero no renuncié, ni mucho menos, a que La
Internacional hablara de la última obra de Baroja en un trabajo digno del libro
y el autor.
Si tal reseña no apareció en La Internacional se debió, según
Fabra Ribas, a su abandono del semanario para dirigir El Socialista, periódico
en el que tenía pensado organizar una sección donde se practicase la crítica
literaria con auténtico rigor y seriedad:
Y si llego, como espero, a llevar a la práctica mi propósito,
ya verá Pío Baroja cómo no se cometerá la insensatez ni se dará la prueba de
mal gusto que supondría el hacerle el vacío o tratarle con desconsideración.
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Ni Baroja ni Núñez de Arenas volvieron a hacer ninguna
declaración pública sobre el proceso.
El periódico El Sol se había mantenido también al margen de
la polémica, limitándose a insertar en sus páginas las cartas enviadas por los
interesados. La primera carta de Núñez de Arenas en respuesta a Baroja se
introdujo con la siguiente nota, en la que el diario demostraba su deseo de
mantener la imparcialidad:
Ayer publicamos unas cuartillas de Pío Baroja, a quien
convenía publicar la aclaración que en aquéllas se hacía sobre un asunto que
interesa a tan querido amigo nuestro. Hoy el Sr. Núñez de Arenas, querido amigo
nuestro también, desea contestar al Sr. Baroja. Y aunque, en este género de
cuestiones no tenemos por qué intervenir, acogemos lo que el Sr. Núñez de
Arenas dice por las mismas razones por que acogimos ayer lo que decía Pío
Baroja648.
ABC, sin embargo, se mostró menos imparcial al manifestar su
adhesión a la postura de Baroja:
Estamos, por nuestra parte, de acuerdo completamente con el
ilustre escritor y creemos que en las columnas de la Prensa no requiere nuevas
explicaciones649.
Si ABC estaba de acuerdo con Baroja, la joven revista La
Pluma se apresuró a exponer su disconformidad en una nota publicada en el
número de septiembre:
NOSOTROS NO. Ambos interesados nos han contado el caso en
sendas cartas publicadas en los periódicos. La Internacional publicó una
«Balada de los buenos burgueses» escrita por D. Pío Baroja, quien al saberla
denunciada por el fiscal de Su Majestad solicitó de su amigo el Sr. Azorín que
intercediera, dadas sus relaciones con personajes influyentes, por ver de
arreglar el asunto. Ello es que el juez, oídas las declaraciones al Sr. Baroja,
ha procesado al director de La Internacional, Sr. Núñez de Arenas (!!!), quien,
acostumbrado a padecer persecución por la justicia en calidad de socialista, ha
aceptado sin protestar el endoso.
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Pero el Sr. Baroja, soliviantado por un justo comentario del
semanario España, se confiesa cobarde (quizá por emular a otro amigo del Sr.
Azorín, Montaigne, no por su cobardía glorioso, sino por filósofo) y aún dice
que el señor Núñez de Arenas no es un Cid...
El ABC manifiéstase conforme con el insigne escritor.
Nosotros, no650.
Recordemos que Baroja había sido objeto del desdén de La
Pluma y se le había incluido en la lista de «no colaboradores» publicada en el
número primero de la revista651.
Fue el semanario España quien primero habló de la
participación de Azorín y sus influencias para resolver los problemas de
Baroja. El semanario parecía interesado en mantener viva la polémica; para ello
publicó otro artículo, también sin firmar, titulado «No fue un sacrificio del
Sr. Baroja». Se acusa al novelista, al que se califica de «cavernario
humorista», de haber utilizado la influencia de Azorín y la amistad de éste con
el conde de Romanones para desviar la responsabilidad hacia Núñez de Arenas. Se
dirigían duros ataques a Baroja que no se limitaban a su personalidad sino que
se hacían extensivos a su obra:
Todo esto, que puede figurar en una antología del cinismo, es
lamentable para el Sr. Baroja. Su filosofía nos pareció siempre una filosofía
para bosquimanos; su literatura, una literatura para boys-scouts, y su
castellano, el de un extranjero un poco torpe, acaso el de un Sylok mitad
italiano y mitad blondosemita del Norte de África, nacido casualmente en el
país vasco. Pero teníamos fe en su carácter, y ahora descubrimos que su
carácter -el sentimiento de la dignidad y la responsabilidad- es aún peor que su
estilo, su literatura y su filosofía.
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Este percance, que a un hombre delicado le haría llorar, al
señor Baroja pretende darle risa652.
El artículo de España no provocó réplicas ni comentarios en
la prensa de aquellos días.
Todavía nos encontramos, sin embargo, con una alusión a esta
polémica en una obra de Luis Araquistáin, la «farsa novelesca» Las columnas de
Hércules653 publicada en 1921. En el capítulo XI, «Recuerdo de Linos, maestro
de Hércules» en el que se hace un recorrido crítico por la literatura de la
época (las resonancias cervantinas parecen evidentes) se ofrecen los siguientes
juicios sobre Baroja:
Pío Baroja, ante la burguesía mezquina que refleja Galdós,
busca hombres que están situados de hecho o en idea al margen de la sociedad,
anarquistas y parias más o menos auténticos. Le obsesiona la literatura rusa,
aunque no la más fuerte sino la más exportada en aquel tiempo, que es tal vez
la de Gorki; pero la literatura rusa es casi siempre autobiográfica: historia de
miseria, de dolor, de presidio y de locura, que cada autor ha vivido o visto de
muy cerca. En Baroja ese género tenía que ser una mala imitación, porque ningún
otro escritor de su tiempo ha llevado una vida tan burguesa, con un espíritu
tan conservadoramente burgués; si alguna vez ha corrido el peligro, no de ir a
la cárcel, que eso sería absurdo pensarlo, sino de ser procesado por delito de
imprenta, nuestro hombre ha eludido heroicamente su responsabilidad y se ha
agenciado un testaferro a la fuerza. Su vida no ha sido precisamente la de un
Gorki654.
Ninguna otra referencia a la polémica entre Pío Baroja y
Núñez de Arenas volvemos a encontrarnos en la prensa de aquellos días, más
preocupada por los problemas planteados por la Real Orden del 13 de junio de
1920, que regulaba el papel de los periódicos, su precio y tamaño, y que había
llevado a la supresión de
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El Sol entre los días 14 y 19 de agosto, por la crisis de
gobierno tras la dimisión de Bergamín, la muerte de Miguel Moya y los
conflictos sociales.
Pensamos que los textos aquí recogidos no sólo sirven para
rescatar del olvido una anécdota biográfica, sino también para poner de relieve
algunos aspectos de la personalidad de Baroja, contradictoria y siempre
interesante.